Un par de manos by Monica Dickens

Un par de manos by Monica Dickens

autor:Monica Dickens [Dickens, Monica]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Crónica, Memorias
editor: ePubLibre
publicado: 2018-04-23T00:00:00+00:00


* * *

El fuego fue, lógicamente, el principal tema de conversación en la sala de servicio. Todo el mundo quería dar su opinión sobre la causa. Por lo visto, la señora Lewis le había dicho a Dowkes que estaba segura de que había sido por algo que yo había puesto en el fuego, aunque no sé a qué podía referirse, como no fuese a una lata de gasolina. La señorita Biggs seguía quejumbrosa y débil: «Esta noche arderemos todos en la cama. Lo sé». No se convenció de que el fuego estaba apagado hasta que el deshollinador terminó sus acrobacias en el tejado, bajó a tomar una taza de té con nosotros y nos garantizó que no corríamos peligro de muerte. Se asomó por la boca de la enorme chimenea para comprobar que ya nada ardía, pero no podía averiguar la causa o el alcance de los daños sin subir por el tiro desde abajo.

—Tendrán que apagar el horno esta noche —dijo, con la boca llena de bizcocho—. Vendré mañana a primera hora y subiré con la escalera.

—Ay, qué lata —protesté—. ¿De verdad es necesario?

—Pues sí, tenemos que saber por qué ha pasado, ¿no cree? Podría volver a ocurrir.

—Por favor, no diga eso —le rogó la señorita Biggs—. Me temo que tendrá que sufrir los inconvenientes, señora Dixon. Uno tiene que sacrificarse por los demás.

Vi que no había forma de evitarlo. Tendría que levantarme al amanecer para estar pendiente del deshollinador y encender luego el fuego cuando terminase para que al menos un par de personas pudieran darse un baño antes del desayuno.

Hubo que poner un mantel limpio cuando se fue el deshollinador, que no era un hombre demasiado cuidadoso y había puesto los codos llenos de hollín por todas partes.

Me tocó preparar la cena sola, porque Polly estaba definitivamente fuera de juego. Salió a pasear en la oscuridad después del té. Seguro que se acercó al garaje para ver a Jim Driver, que había llevado a lady W. a hacer una visita. Fue una suerte que la señora se perdiera el Gran Incendio, porque podría haberle afectado aún más que a la señorita Briggs.

A pesar de que empecé a cocinar nada más tomar el té, conseguí tener la cena lista por los pelos. Afortunadamente no tenía que preparar una cena caliente para el servicio. Nuestra comida principal era la del mediodía, y a la noche siempre tomábamos fiambre o algo ligero, con un poco de queso tierno y el ineludible té. Las niñeras tomaban lo mismo, con cacao, alrededor del fuego de la sala de los niños, distraídas con sus labores de punto y sus revistas de cuidados infantiles. La cena de la familia era normalmente muy laboriosa, y ese día, para complicar el asunto un poco más, a la señora Lewis se le antojó una tortilla de champiñones.

Nellie y Rose entraron como una exhalación cuando estábamos acabando de cenar, y hasta la flemática Rose venía impaciente por oír las noticias.

—Tom nos ha dicho en el autobús que ha habido un incendio: dice que se ha caído parte del tejado.



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